La mañana se levanta con un solecito reconfortante, que más adelante se agradecerá (¿quién iba a imaginar hace tres meses, cuando me inscribí, que a principios de septiembre íbamos a estar a 15 grados?). Voy pedaleando hasta el Parque Juan Carlos I , unos pocos kilometrillos que me sirven para calentar y tranquilizarme un poco (sí, estoy nerviosa).

Cuando llego ya se nota el ambiente de los eventos deportivos populares: unos calentando, otros entregando bolsas en el guardarropa, muchos con pintas de ir a ganar lo que se les ponga por delante, casi todos vestidos para la ocasión. Siempre he dicho que a mí en los bares a las tantas de la noche no se me ha perdido nada, pero los domingos por la mañana en estas movidas estoy tan a gusto. No sólo iba a ser rara especial para comer.

En la cola para boxes me encuentro con unos amigos, los nervios compartidos ya son menos nervios. En boxes dejo la parafernalia en condiciones de encontrármela para ponérmela y salir pitando: la bici colgada de la barra, el casco con las gafas dentro (es lo primero que hay que ponerse, antes de coger la bici; si no, te descalifican; me refiero al casco, no a las gafas) y el dorsal con la cinta encima de la bici. Las zapas, en una caja, junto a ella. Para este primer sprint, popular, he quitado los pedales automáticos. Supongo que es algo que quita puntos y dignidad triatléticos, pero esta vez quiero pasarlo bien ir lo más relajada posible y eso de andar enganchando y desenganchando el pie en esos artefactos del diablo… Además, ¿voy a ganar? No. Pues ya está. Para el próximo ya iremos practicando con ellos. Las bicis de las otras chicas que veo colgadas son de carretera y con pedales automáticos; va a haber nivel, pienso. Glup.

Dejo la bolsa en guardarropa y echo a andar hacia la salida del agua, todo el trayecto inverso que luego realizaré nadando. Justo en eso voy pensando mientras miro esa agua opaca marrón verdosa. Luego comprobaré que sí, que está tan sucia como parece. Tortugas no veo. Carpas tampoco. Ni tiburones. Bien.

Llego al fin. Somos muy pocas chicas. Creo que soy la única abuela veterana. Glup. Aquí estamos:

Es un poco de risa, pero es lo que parece, haces pie todo el rato. De hecho, he visto luego a alguno que, cansado de nadar, se ha puesto de pie dentro del agua y ha echado a andar; daba un rollo así como de película de zombies que se levantan del suelo. El caso es que el agua no estaba tan fría como pensaba, pero tenía muchísima más porquería de la que me podía imaginar. Dan la salida, allá vamos. Mi idea en el tramo de natación es, simplemente, soportarlo. Y eso ya será un triunfo. Es la parte que más temo. Sobre todo cuando metes la cabeza en agua marrón y, claro, no ves nada y no puedes hacer otra cosa que dar otra brazada y volver a meter la cabeza en “eso”. Tengo que aprender a orientarme; tenía que nadar hacia la boya, y cada vez que miraba hacia el frente la veía desviada de donde estaba cinco metros antes, un montón de gorritos naranja y bracitos nadando hacia ella y yo nadando así como hacia la diagonal opuesta. Era como si me llevara una corriente, pero allí no había corriente. Ha habido un momento en que me he agobiado mucho, casi he entrado en pánico, pero entonces he hecho por tranquilizarme, un par de brazadas de braza y un pensar que llegue cuando llegue esto va a terminar han obrado milagros. Un puente… otro puente… una boya… otra boya… la rampa… fuera del agua y a correr a boxes.

Me tomo con calma la transición a la bici porque me noto un poco mareada. Casco, gafas, dorsal con el número hacia atrás, zapas, cojo la bici y mientras corro con ella hacia la salida de boxes se me va pasando el mareo. Empieza, y no me abandona ya, una sensación de náuseas que por suerte no derivan en más; a saber qué había en esa agua. Por suerte tengo un estómago de hierro. Lo que ya no puedo asegurar es que hoy haya sido vegetariana 100% (aj).

La bici, una gozada, no en vano me he venido a practicar a este mismo circuito (cuatro vueltas de 5 kilómetros cada una) todos los fines de semana en agosto. Sale todo según lo había previsto, excepto en una cosa que me pasa también en las carreras populares: cuando llevo un rato en acción las endorfinas empiezan a hacer su trabajo y me entra un rollo flowerpower en que competir pasa a un segundo plano y me extasío en lo bonito que es todo y lo majos que estamos en nuestras bicis, y el aire en la cara, y en que por qué voy a tratar de adelantar a ese con lo bien que voy ahora a este ritmillo. No sé si se me nota.

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El caso es que, salvo en los maratones, en que el sufrimiento es gratis, me cuesta un montón pasarlo mal en las carreras para ganar segundos al cronómetro. Luego veo las fotos y parece que voy de cachondeo. Y un poco, sí, la verdad.

Terminan las cuatro vueltas en bici (menos mal que llevo un cacharrito que me las cuenta, que como me tuviera que fiar de mi cabeza…) y…el rollo flowerpower se me corta de golpe cuando noto que necesito echar a correr pero no puedo porque en vez de piernas tengo palos (nota mental: lo de que hay que entrenar las transiciones no lo dicen por decir). Me duelen los riñones, me duelen las piernas, y, atención, lo nunca visto: ¡tengo flato en los dos lados! Mira, esto sí que es nuevo.

Sufro un rato, pero este es mi elemento (aunque no me atrevo a mirar en mi cacharrito lo lenta que voy, pero es que no doy más) y mi fascitis plantar se mantiene calladita hasta que termino.

meta

Repetiremos. A ver si formamos también equipillo de esto, ¿no?

Este es un triatlón ideal para iniciarse, el agua no cubre, la bici es llana, el ambiente muy popular. El año que viene os espero.

Gracias a Loles, a Jose y a Óscar por las fotos y el video.